Entender la influencia cristiana

Autor: Miguel Rodríguez Torres

Entender la influencia cristiana en una revolución requiere un esfuerzo importante en el estudio del legado de Jesús, de la razón de su humanización y las interpretaciones que se han desarrollado con el paso del tiempo sobre tal fenómeno histórico, humano y divino.
La espiritualidad cristiana tradicional, por efecto de muchos estudiosos y teólogos que en siglos han tratado de descifrar el mensaje y la intencionalidad de Dios, esta signada por una visión apocalíptica de la vida, por la renuncia, el sufrimiento, la autoflagelación con miras a alcanzar la vida eterna. Ejemplo de esto lo encontramos en Tomas de Kempis, autor de la Imitación de Cristo, donde señala:
“…Si hubiera algo mejor y más útil, para el hombre, que sufrir, Jesucristo nos lo hubiera enseñado con sus palabras y su ejemplo…”
Tal afirmación ha sido tomada por sectores escépticos, defensores de la inmanencia y la inexistencia de la trascendencia, para descalificar al cristianismo y hacerlo ver como una religión arcaica, signada por un Dios que pide sangre, sufrimiento y sacrificio humano permanente para satisfacer su necesidad sádica de dolor.
Así fue interpretada en otros procesos revolucionarios del mundo, donde convirtieron los templos hasta en baños públicos, persiguieron a los cristianos, abolieron las religiones para tratar de convencer al mundo de que el ser humano es bueno y es la sociedad quien lo daña, que sus valores, buenos o malos, proceden exclusivamente de su condición de ser humano y no tienen relación alguna con la existencia espiritual. Tal enseñanza se hizo dogma, y asumió posición en el otro extremo de la espiritualidad tradicional.
De ambos extremos me deslindo y busco una interpretación más racional (dado que dicha racionalidad me la dio Dios mismo) de Dios y su encarnación Jesucristo. Lo tradicional pone el peso máximo a la crucifixión, a la muerte de Cristo, en este escrito daremos un rol fundamental a la encarnación, a la presencia de Dios hecho hombre en la tierra y su mensaje, acompañado de una acción permanente, coherente y dirigida fundamentalmente a los más necesitados, los más pobres, los excluidos de todos los tiempos.
Dice José Catillo en su libro espiritualidad para insatisfechos: “Ahora bien, esto significa que la fe cristiana es no solo fe en Dios y adhesión incondicional a Dios. No solo fe en Cristo y adhesión incondicional a Cristo. Además de todo eso e inseparablemente de todo eso, la fe cristiana es, con el mismo derecho y la misma exigencia, fe en lo humano y adhesión incondicional a lo humano”.
De tan extraordinaria interpretación que no niega, que no excluye, sino que suma, integra y abre las puertas de una visión humanizante y mucho más atractiva a los seres humanos, se asume en nuestra revolución una espiritualidad cristiana que debe orientar permanente y éticamente nuestro accionar.
Así vista nuestra espiritualidad, estamos obligados a entender que el poder no es más que una herramienta de servicio al ser humano en comunidad, que no puede acercarse al atropello, la violación de derechos humanos y mucho menos hacia quienes están más lejos del poder: los pobres. Asumiendo como primer dogma de nuestra fe que no puede encontrar a Dios quien cause sufrimiento a sus iguales.
El Cmte. Chávez siempre actuó en este marco de servicio al más pobre, asumiendo el ejemplo eterno de Jesús y viviendo la espiritualidad desde una visión no religiosa, autentica y activa en el uso del poder para humanizar al máximo a quienes siempre estuvieron casi en la deshumanización.
Vemos así como se erradicó el analfabetismo, que no es más que la indiferencia de quienes siempre necesitan de la ignorancia para su beneficio, elevó de manera exponencial la matricula escolar, entendiendo y asumiendo que no es la lucha armada el catalizador ideal de la revolución sino la educación, mejoró los niveles de alimentación de aquellos que comían una vez al día y hasta menos, dignificó a millones de seres humanos con un techo para vivir, en fin, humanizó, cristianizó nuestra revolución bolivariana.
De modo pues que veamos el cristianismo no como un camino de sufrimiento, negación y dolor sino como el verdadero camino de alegría, amor al género humano (en su máxima representación, Jesús), de servicio a la comunidad y como dice Castillo: “los seres humanos encontramos a Dios en la medida, y solo en la medida, en que defendemos la vida, respetamos la vida y dignificamos la vida”.
Dios no quiere que suframos, solo acepta el sufrimiento que proviene de nuestras angustias y mortificaciones por quienes tienen más necesidades que nosotros.

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